domingo, 5 de abril de 2009


La Graciosa, isla bella, isla hermosa. Es realmente maravilloso partir en barco desde el puerto de Órzola hacia La Graciosa. El trayecto dura apenas 25 minutos pero es realmente hermoso. Hacía años que no iba a esta pequeña isla al norte de mi amada Lanzarote y ya iba siendo hora de regresar.

El barco partió del humilde muelle, de aquel pueblo ventoso y fantasma llamado Órzola. De fondo, el impresionante risco se erigía sobre el puerto, dominando las vistas. Una vez nos alejamos, el barco coronaba las olas con un vaivén rítmico. A estribor teníamos el océano, inmenso. A babor, el acantilado nos seguía acompañando paralelo a nuestra ruta.
A los pocos minutos, comenzamos a girar y el risco dio paso a esta hermosa isla.

Ahora el sol nos deslumbraba y las diminutas gotidas de agua salada nos daban en la cara. Fue entonces cuando, cerrando los ojos, respiré hondo, y la fragancia salada del mar me llenó los pulmones. Sin duda era una vista hermosa, el preludio de esta canción que comenzaba a sonar.

Atracamos al poco en el puerto, era por la tarde y el sol ya estaba un poco raso. Abandonamos nuestros bultos y partimos a explorar la isla. Primero, por la costa, a través del pueblo. Luego se acabó el pueblo y comenzó la playa salvaje.

Los paisajes de lava y arena no se pueden describir con palabras de lo bellos que eran. De la orilla podías recoger conchas que podían tener 10 ó 500.000 años. La lava solidificada alcanzaba formas misteriosas como guardando algo más allá de lo simplemente visible. El viento azotaba mi pelo y el sol iba bajando lentamente.


De pronto la isla parecía tener un diálogo conmigo. El viento era un susurro y a la vez una caricia. Era una llamada a mis sentidos. El mar meciéndose a mis pies parecía abrirme un camino entre las piedras, las cuales quedaban húmedas y de un color negro brillante. Entonces alcé la vista al horizonte y pude extender los brazos como si volara.

Me sentí viva, parte de la tierra, la tierra me llamaba.
Paseando por entre los charcos vimos lo vivo que estaba el mar. Bajo una simple piedra, tan fría, tan muerta, surgían toda clase de seres. Desde los más repulsivos, hasta los más hermosos. Todos ellos huían despavoridos nada más mover la roca.

La orilla del mar, que marcaba principio y fin de la tierra, la línea que separaba isla y agua, era un sendero de tesoros que sólo percibí al bajar la vista a mis pies. Un sin fin de rocas, de minerales, de seres de otros tiempos, descansaban en silencio sobre la arena, y yo quise oírles cantar. Ahora no me hablaba el viento, sino la propia tierra.


Durante unas horas abracé de nuevo el mar, bailé con el viento y acaricié la tierra. Una vez más sentí serenidad, sentí paz. Me sentí parte de esta cadena hermosa, de este ecosistema frágil y aparentemente silencioso. Deseé que eternamente siguiera así.

Durante ese tiempo, esa tarde, todo perdió su valor. Ya no era necesaria la ropa, los zapatos, el móvil... Nada material. Los coches ni existían. De pronto no importaba como llevabas el pelo o qué te decían por ahí. Era totalmente absurdo pensar en el pasado e imaginar el futuro, eso no existía.

Sólo existía el presente; sólo ese momento eterno y mágico. La tierra me había llamado y yo había acudido en su busca, una vez más:


El cielo, el mar, la tierra, el viento y yo.

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