
Descalzo mis pies donde muere el suelo y nace la arena. El suave tacto de la tierra me acaricia los pies desnudos a cada paso que doy, lentamente, sin prisa; como si por un momento mi vida fuera inmensa como el propio océano donde solo ves el principio y nunca el final.
Voy caminando y ahora me riega el mar. Mis pies son dos raíces dinámicas que sienten el frío salado. Mis huellas son pequeñas cicatrices sobre la arena húmeda, y si me doy la vuelta descubro que poco a poco van desapareciendo a medida que el agua las lame.
Camino y camino, y cuando me doy la vuelta mis huellas ya no están. Ojalá todo fuera tan fácil de borrar.
De vez en cuando levanto la vista del suelo y miro al horizonte, donde el mar y el cielo, dos azules, se cortan de golpe.
El viento golpea la cara de quien osa mirarle de frente, pues el viento siempre será más fuerte. El viento me lleva, el viento me trae. El viento me empuja donde me quiere llevar. Pero no le entiendo, ¿por qué le sigo?.
Con la mirada clavada en el suelo voy buscando tesoros llegados de ningún lugar y yendo a ningún sitio. No son más que restos de almas rotas que el mar escupe a la tierra porque ya no las quiere. Mas lo que para el mar es un estorbo, para mí es un regalo. Y lo guardo con cariño en mi armario.
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